martes, 19 de enero de 2016

Historia de dos fuentes.

En ocasiones la fotografía puede servir de testigo mudo de algunos cambios que se producen en los elementos decorativos del paisaje urbano, e incluso del paso de un elemento ornamental desde un entorno privado a otro público.


Fotografía anómina, Circa 1890.

Hace tiempo tengo esta foto en mi colección. Se trata de un grupo de señoras reunidas en un jardín privado, junto a una fuente. Posiblemente la imagen no le diga mucho a la mayor parte de quienes la miren, aunque la mayor parte de los santanderinos de más de cincuenta años han tenido ocasión de verla en su ubicación original. Durante casi 100 años, desde su construcción en la década de 1880, hasta principios de los años 80 del siglo XX, la conocimos presidiendo el jardín que había en la parte trasera de la casa que hace esquina en las calles Rubio y Florida, casa que fue de la familia Barreda. (Ver Fernando Barreda y Ferrer de la Vega y Luis Barreda y Ferrer de la Vega). El cerramiento que yo conocí, no era de tableros de madera, como en la foto, sino que consistía en una herrumbrosa reja (la actual) que permitía al paseante ver este jardín ornamental, bastante descuidado en sus últimos tiempos. La foto siguiente es del patio trasero de la casa donde estaba el jardín con la fuente, y que hasta hace poco servía de terraza a una chocolatería.







En 1982 la familia Barreda tomó la decisión de donar la fuente a la Biblioteca Menéndez Pelayo por la vinculación que siempre hubo entre la familia Barreda y los Menéndez Pelayo, siendo instalada en el denominado "Jardín de la Hispanidad", frente a la casa de Don Marcelino y junto a la puerta trasera de la Biblioteca. La bibliotecaria Rosa Fernández Lera me proporcionó la historia de esta fuente, manuscrita a petición suya por el marmolista Manuel Sanemeterio que durante muchos años tuvo su taller frente a la Biblioteca, y que por su interés transcribo a continuación:

"La fuente del jardín de la casa de Barreda en la calle de Rubio.
Toda la versión que tengo de esta obra de mármol, es debida a la descripción que de ella hizo mi padre en no pocas ocasiones refiriéndose principalmente a reflejar la personalidad del artífice que la construyó: Antonio Pepuy, francés que llegó a Santander como tantos otros por el mucho trabajo que en aquellos años había que realizar con el mármol en tanto edificio que se estaba construyendo. Eran muy buenos artistas los franceses y en Santander dejaron la impronta de su arte en chimeneas, portales con frisos de variados colores; panteones que aún pueden verse en Ciriego (nuevo cementerio) trasladados de San Fernando (antiguo cementerio), etc.
Antonio Pepuy, refería mi padre, era hombre ingenioso para el trabajo y hacía cosas de verdadero primor y capricho. Un ejemplo era la cadena de su reloj hecha en mármol negro de Bélgica. También la argolla que cerraba su faja era del mismo material.
Este señor tenía el taller de marmolería en los bajos de las casas de la Alameda Primera entre Florida e Isabel la Católica, unos dedicados a taller y otros a almacenes de materiales y otros de trabajos terminados como eran las chimeneas, verdaderos prodigios de arte en variados estilos.
Ciñéndonos a la fuente que motiva estos recuerdos, mi padre a los nueve años entró a trabajar de aprendiz con Pepuy. Su trabajo era tener limpias las numerosas chimeneas que armadas, constituían la exposición.
Fuera por encargo de los Barreda, fuera por su capricho e iniciativa, es el caso que ahí está la fuente que nos ocupa ¿Cómo se realizó? Esto es lo más curioso que relativo al arte de la marmolería de aquel tiempo se puede imaginar.
Decía el aprendiz que su maestro necesitaba tornear tantas pilastras como forman el conjunto y a tal efecto improvisó un torno con los recursos de su inventiva. La fuerza motriz era una noria movida por un pequeño asno. No sé cómo sería la tal noria, solo decía de ella el señor Fonso, mi padre, que cuando creció el burro ya no andaba la noria, y por ende el torno. Aquello sería improvisado, como tantas otras adaptaciones que el francés se inventaba. Pero lo cierto es que el hombre torneó las pilastras y las argollas que sueltas rodeaban el gollete o remate superior donde va fija la cesta de alambre en que gira suspendida por el chorro de agua la pelota que flota como remate. El aprendiz pulimentó en aquel torno las pilastras mientras que el maestro vaciaba y tallaba las bandejas y el gran recipiente que soportado por cuatro garras de grifo talladas en piedra forman la base del conjunto.
Esta fuente, por su belleza y por ser representante de una época virtualmente manual en el noble oficio del mármol y de la piedra, bien merece el honor de ser mejor tratada de lo que hasta ahora ha sido en el olvidado rincón de la calle de Rubio en que se encuentra, no lejos de un noble edificio de la misma calle dedicado al Arte y a la Ciencia.
Santander 26 de abril 1982."

En uno de los laterales del recipiente, hay una cartela en altorelieve labrada con las iniciales entrelazadas CB, Celestino Barreda, padre de los escritores antes citados.





La segunda fuente de la que voy a hablar hoy, más modesta, nunca ha cambiado de ubicación, pero sí de función. En ella hemos jugado y nos hemos salpicado varias generaciones de niños santanderinos cuando nos han llevado a pasear por los jardines de Piquío, y es la que muestro a continuación. Las dos primeras fotos proceden de sendos álbumes familiares. La primera está sacada en los años 40, y podemos ver la fuente en funcionamiento.

Fotografía anónima de álbum familiar. Circa 1940.


La segunda foto es de los años 60, cuando ya se habían plantado los setos que hoy casi la ocultan, aunque quizás en su estado actual es mejor ocultarla (por pudor) ya que en algún momento, cuando dejó de funcionar, en vez de arreglarla se tomó la decisión de utilizarla como simple jardinera. 

Fotografía anónima de álbum familiar. Circa 1965, pero todavía con agua.

Fuente de Piquío en su estado actual (2013), como simple maceta.


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